15 8 / 2011

evangelio

A las nueve de la noche terminó la Cadena de la Prosperidad, como todos los lunes.

Fue una celebración intensa y como Dios me eligió para mejorar mi vida económica, me hicieron pasar a dar mi testimonio.

Los fieles me aplaudieron y me pidieron consejo. Yo me emocioné.

 

A la salida todos me saludaron, me abrazaron y felicitaron por los logros.

Hasta el pastor Rodríguez me estrechó la mano y me preguntó si iba a asistir a la Cadena de la Sanidad. Le dije que sí y me fui volando a abrir el kiosco, no podía desaprovechar esa multitud.

Levanté la cortina rapidísimo y no terminé de prender las luces que ya estaba lleno de gente pidiéndome chicles, cigarrillos y gaseosas.

Los atendí a toda marcha, estaba realmente agotado, pero al trabajo hay que aprovecharlo.

Desde que me pusieron el sticker en la puerta que dice “Este comercio es parte de la Iglesia del Señor” que las ventas se duplicaron porque cada vez que termina una celebración, los fieles elijen mi kiosco antes que los demás de la cuadra. Y esa ayuda yo se la retribuyo al señor todos los meses.

 

Cuando por fin pude cerrar el kiosco me fui para casa.

Caminé unos metros a oscuras por el paliere hasta llegar a la perilla de la luz. Y mientras caminaba, me pareció ver una silueta de alguien escondido atrás de uno de los Ficus.

Me quedé quieto. Y la persona se quedó quieta también.

Caminé hasta la perilla de luz a toda velocidad y mientras la presionaba vi salir a mi vecino de atrás del Ficus. Fue casi corriendo hasta la puerta de su departamento.

-Hola!- le dije.

Pero no se dio vuelta. Abrió su puerta y entró cerrándola con un portazo.

Qué raro era ese hombre, ahora no sólo me molestaba con ruidos a cualquier hora de la noche, sino que además se escondía de mí.

Mientras buscaba las llaves en mi bolsillo miré al suelo y noté unas manchas, un goteo de sangre que iba desde el Ficus hasta la puerta del departamento de mi vecino.

Estaba sangrando.

Ahora más que nunca sabía que ese hombre estaba muy lejos de la senda del señor.

 

Al día siguiente me levanté temprano y mientras me cambiaba escuché una parte del programa del pastor Minetti en la FM de la iglesia. Estaban todos llamando y pidiendo por una mujer que tenía una enfermedad terminal.

La iban a llevar a la celebración de hoy, así que me dio ganas de ir porque yo tengo un sentido especial con estas cosas, me doy cuenta cuando la gente sufre.

El programa seguía, pero me tuve que ir rápido porque a primera hora llegaba el del reparto de Arcor.

Llegué, abrí la cortina y mientras sintonizaba la radio para seguir escuchando el programa, llegó el repartidor.

Siempre tenía problemas con ese hombre porque me cambiaba los pedidos.

Y esta vez no fue una excepción, le había pedido una caja de alfajores Bon o Bon, y me trajo una caja de Tokke.

Nadie lleva Tokke.

Dijo que yo le había hecho el pedido así.

Me lo hace a propósito, quiere sabotearme el negocio.

Estoy seguro que le da una propina el del kiosco de mitad de cuadra para que haga eso así la gente le compra los alfajores a él…

Le acepté los Tokke y le dije que la próxima tenga más cuidado.

Lo perdoné, pecar es humano.

 

Fue un día tranquilo, con trabajo, pero tranquilo.

Más o menos a las siete de la tarde, cuando estaba por cerrar para irme al templo, me llamó la atención alguien con una campera azul que ya había pasado varias veces por la vereda de enfrente.

Miré bien y lo reconocí. Era mi vecino.

¿Qué quería?

Salí del negocio para hablarle, pero dio vuelta a la esquina a toda velocidad y lo perdí de vista.

Cerré la cortina rápidamente y me fui para el templo todavía pensando en el asunto.

 

A la celebración no fue mucha gente, así que todos pudimos tocar el manto de la curación.

A la salida el pastor Rodríguez me saludó fervientemente y me felicitó por mi concurrencia.

Decidí no abrir el kiosco porque ya era tarde y no iba a vender demasiado.

Me fui para casa.

 

Crucé el paliere a oscuras como siempre, esta vez prestando especial atención a cada uno de los Ficus.

Pero no, mi vecino no estaba escondido detrás de ninguno.

Entré a mi departamento y mientras descongelaba unos bifecitos en el microondas empecé a escuchar ruidos.

El sonido del microondas no me dejaba distinguir bien de qué se trataba.

Lo apagué.

Venían del departamento de mi vecino, y no me extrañaba, varias veces me había despertado a cualquier hora de la noche.

Eran ruidos fuertes, como de un taladro, un gran taladro.

No entendía en qué andaba éste hombre, pero no me gustaba nada.

No tenía una buena sensación. No era alguien de fe.

Prendí el microondas y seguí descongelando la carne.

Cuando terminé de cenar, lavé mi plato y saqué la basura antes de que pasen los basureros.

Me quedé dormido mirando el canal de María, había un pastor de otra iglesia que hizo unas lecturas de la palabra realmente hermosas.

 

Al día siguiente me levante con mucha energía. Estaba contento. Era un buen día.

Cuando salí para ir al trabajo, abrí mi puerta y choqué con una bolsa de basura, desparramando residuos por todo el pasillo.

Era mi bolsa, la que yo había sacado ayer.

Alguien la había entrado y la había puesto frente a la puerta.

Tenía que ser mi vecino.

¿Qué tramaba? Me enojaba mucho su actitud, es difícil perdonar a gente con tan poca espiritualidad…

 

El día en el kiosco se me estaba pasando bastante rápido hasta que llegó un contingente de niños a la iglesia, les habían preparado una celebración especial, y cuando terminó vinieron todos corriendo a comprar golosinas.

Los atendí con mucha cordialidad, por más que fueran niños traviesos, eran niños creyentes. Y eso es importante.

Mientras uno de los niños se decidía si quería llevar chicles o caramelos levanté la mirada para atender a otro cliente que acababa de entrar.

Me quedé estupefacto. Era mi vecino.

-Un… Lucky diez…- Me dijo con la voz entrecortada, sin mirarme a los ojos.

Lo observé fijamente por varios segundos, no podía dejar de mirar su rostro, estaba todo golpeado.

Tenía hematomas alrededor de los ojos, cortaduras en los pómulos, los labios, las orejas… le habían dado una golpiza importante.

Le di los cigarrillos, me pagó justo y se fue corriendo, sin mirarme.

Estaba preocupado, asustado.

¿Lo mandarían los de los demás kioscos de la cuadra a él también?

Tenía la conciencia sucia, eso estaba claro.

 

Pasó la tarde, en la radio estaban diciendo que hoy era la celebración de la Unión de las Familias. Y yo no tenía familia para celebrar. Eso me hacía sentir bastante mal.

Mientras escuchaba al pastor Moura la transmisión se cortó.

Se oyó un ruido de estática rarísimo y de pronto, una voz de un hombre dijo “ya está por cerrar”.

Luego se oyó otro ruido de estática todavía mayor y volvió la transmisión con el pastor Moura que hablaba como si nada.

¿Qué estaba pasando?

Yo estaba por cerrar… Tenían que estar hablando de mí.

Alguien me había puesto un micrófono.

No tenía ningún destornillador para abrir la radio, así que la desenchufé y la tiré al suelo, destrozándola.

Lo había confirmado. Mi vecino me estaba espiando.

 

Me quedé preocupado por el complot en contra de mi negocio y no fui al templo. Me volví a casa.

Cuando estaba por entrar a mi departamento me pareció ver un reflejo a través de la puerta de vidrio, no le presté atención, pero enseguida vi otro.

Eran flashes.

Me acerqué a la puerta y sin abrirla vi que alguien en la vereda de enfrente se iba caminando rápidamente.

Me había estado sacando fotos.

 

Entré a casa y cerré la puerta con dos vueltas de llave.

Pensé por un momento en llamar a la policía. Pero ya sabía de qué se trataba esto…

La solución era evangelizar a mi vecino.

Pero primero necesitaba calmarme.

Agarré un vaso y fui hasta la heladera para servirme agua.

De repente, el vaso se me soltó de la mano y cayó al suelo.

Me quedé anonadado con lo lejos que podía llegar esta gente.

Había un pájaro muerto en mi heladera.

Un pájaro amarillo, con el cuello quebrado.

Me quedé allí parado unos minutos, sin poder recuperarme.

Hasta que por fin junté toda la fuerza del Señor, agarré la Biblia y fui al departamento de mi vecino.

Tenía que terminar este asunto.

 

Le toqué el timbre una vez, dos… y la puerta se abrió tímidamente, vi la cara de mi vecino asomarse por la rendija, seguía golpeado, hasta me animo a decir que todavía más golpeado que antes.

A penas me reconoció, cerró la puerta con fuerza. Y escuché cómo daba varias vueltas a la llave trabándola.

Volví a insistir con el timbre. Varias veces.

Escuché que desde adentro me gritó algo.

No le entendí.

-¿Qué? Le dije.

-Que por favor me deje tranquilo. Por favor!- Me dijo entre sollozos.

-No te voy a hacer nada, sólo vengo a contarte que te podés salvar, si dejás que el Señor entre a tu vida te podés salvar y podés ser feliz. No hace falta que pases por este sufrimiento…-

Volví a escuchar el taladro de la otra noche, más y más fuerte.

Me dio miedo de que se quite la vida, ese hombre estaba realmente angustiado.

Clavé el dedo en el timbre, sin dejar de tocarlo, de pronto escuché un ruido como de un interruptor, y el timbre dejó de sonar súbitamente.

Miré por su cerradura, el departamento estaba totalmente a oscuras.

Había cortado la luz.

-Por favor, recibime, te quiero ayudar a salir del sufrimiento.- Le dije.

Y empecé a golpear su puerta con la mano, cada vez más fuerte.

Hasta que me detuve.

Sentía un dolor muy fuerte en los nudillos.

Me miré y me vi algunos moretones.

Pero… antes no los tenía!

¿Qué me estaban haciendo?

Me fui corriendo a mi departamento, cerré con llave y me puse a leer la Biblia.

Con el correr de las horas lo fui aceptando, si tenía que morir, moriría. Después de todo, Jesús murió por nosotros…