15 8 / 2011
El circo
Desde que Teodoro había nacido que las cosas le venían saliendo mal.
Su mamá había muerto al darlo a luz y su padre de la tristeza unos meses después.
El tío que se ofreció a cuidarlo perdió toda su suerte en las apuestas y con la suerte, perdió también su casa y casi todas sus pertenencias.
Quedaron en la calle.
Un adinerado del pueblo, conmovido por el caso, les puso un puesto de panchos frente a la plaza a cambio del cincuenta porciento de las ganancias.
Panchos Estrella fue su nueva casa, bajaban las cortinas y también unas literas en las que dormían calentándose a duras penas con la única hornalla que había en el puesto.
Teodoro tuvo que ponerse a trabajar a la edad de ocho años, pintaba quesos en una fábrica de lácteos.
Los Mar del Plata de rojo, los Gruyere de amarillo, los Regianitos de negro.
Y así fueron pasando los años.
Un día, cuando Teodoro tenía doce ocurrió un evento que rompió la monotonía del pueblo.
Un circo levantó una gran carpa con rayas rojas y blancas en el medio de la plaza y la noticia alcanzó hasta al último habitante en cuestión de segundos.
Llegó un camión cargado de animales exóticos, elefantes, aves, serpientes, tigres de bengala.
Atrás llegó otro cargado con vestuario de lo más extravagante, lentejuelas, satin, seda, colores estridentes.
Y por último, llegó un camión lleno de actores de circo, payasos, contorsionistas, mujer barbuda, hombre bala y varios enanos.
Teodoro observaba todo desde el puesto de panchos, estaba entusiasmado.
Al día siguiente, el circo abrió sus puertas y la gente hizo una gran cola para entrar a la primera función.
El tío mandó a Teodoro a ofrecer panchos a la multitud y vendió muchos, juntando bastante dinero.
Cuando la cola había avanzado y ya quedaban pocos por entrar, Teodoro no pudo contener su curiosidad y usó una parte del dinero de los panchos para pagarse una entrada al circo.
Se sentó en la primera fila, en uno de los pocos espacios que quedaban libres. Se apagó la luz y empezó el show.
Teodoro miraba boquiabierto cada número. Primero los payasos, luego un mago, después el domador de leones.
De pronto, su corazón se detuvo por un segundo y empezó a palpitar a toda máquina.
Se había enamorado a primera vista.
Sus ojos seguían sin control los movimientos de Jazmín, la equilibrista. Miraban su traje con lentejuelas rosadas, su pelo rubio, su manera de caminar por la cuerda floja.
Y la sonrisa acompañó la cara de Teodoro durante toda la noche levantando sospechas en su tío que pensó que estaba tramando algo raro.
Al otro día durante las nueve horas que duraba su trabajo, Teodoro siguió sintiendo esa sensación en el pecho, mezcla de ansiedad con felicidad, y queso tras queso no dejó de pensar en su equilibrista.
A la vuelta de la fábrica decidió pasar cerca de los remolques del circo para verla.
Y ahí estaba Jasmín, jugando a las cartas con el hombre bala y un domador.
Se quedó hipnotizado por su sonrisa, por cada movimiento que ella hacía, era como si el momento transcurriera en cámara lenta para hacerlo enamorarse de cada ínfimo detalle.
De pronto, la mujer barbuda lo sacó de su ensueño.
-¿Necesitás algo nene?-
Teodoro, sobresaltado, le dijo que quería saber cuándo iba a haber otra función.
-Mañana-
Al día siguiente, Teodoro se levantó más temprano que de costumbre.
Buscó en cada bolsillo de sus pantalones y encontró varias monedas. Las guardó.
Ni bien llegó a su trabajo fue directo al despacho de su jefe para pedirle un adelanto, le prometió hacer horas extras y pintar los quesos a toda velocidad.
El jefe accedió y le adelantó un poco de dinero.
Era todo lo que podía juntar.
Teodoro fue a uno de los puestos de flores del centro y compró todas las flores de jazmín que tenían.
Era un ramo tan grande que sus brazos casi no llegaban a rodearlo.
Teodoro fue a la función de esa noche con el ramo y se volvió a sentar en la primera fila.
Cuando apareció Jazmín su corazón volvió a palpitar como cada vez que la veía. No escuchaba los aplausos ni el murmullo de la gente. Era un silencio profundo, un momento que sólo compartían ellos dos.
Cuando terminó la función Teodoro juntó coraje y fue hacia los remolques.
Saludó a los enanos haciéndose el distraído y llegó hasta el remolque de Jazmín. Ahí estaba. Deshaciendo su rodete frente al espejo.
El corazón de Teodoro estaba a punto de dejar su pecho y salir a buscarla.
Golpeó tímidamente la chapa del remolque y Jazmín lo miró.
-Hola. Vengo a traerte estas… flores-
Teodoro le entregó el ramo, totalmente sonrojado.
Jazmín miró las flores con desprecio, luego miró a Teodoro, luego las flores.
-Ah. No me gustan los jazmines. Yo preferiría haberme llamado Rosa-
Jazmín apoyó las flores en su cómoda y siguió peinándose como si nada hubiera pasado.
Teodoro dio un paso hacia atrás, después otro, y otro.
Se fue corriendo hacia el puesto y con cada trote se le escapaba una lágrima.
Le acababan de romper el corazón.
Al otro día Teodoro tuvo que ir antes de lo usual a la fábrica para empezar a con todos los quesos de más que había prometido pintar el día anterior.
Con cada pincelada que daba se le venía a la mente la escena de ayer, no podía dejar de pensar en el asunto.
Tomó una decisión, no iba a darse por vencido. Lo iba a intentar.
A la salida pasó por los remolques, pero no para buscar a Jazmín, esta vez tenía un plan.
Ahí estaban los enanos, un faquir y el dueño del circo tomando unas cañas.
Teodoro notó que todos estaban pasados de cañas y eso le vino bien.
Saludó al dueño del circo y le dijo que quería hablar con él, le explicó que él era hijo de una reconocida familia de trapecistas premiada en varias ciudades, que había vivido toda su infancia en circos y hasta le dio nombres inventados.
El dueño creyó todo con la ayuda del efecto del alcohol.
Teodoro le pidió que lo deje hacer un número esa noche. Por supuesto sin cobrarle nada, sólo para que vea sus habilidades y se fije si lo quería contratar.
El dueño aceptó sin problema, no tenía nada que perder.
Teodoro había encontrado la mejor manera para impresionar a Jazmín.
Llegó la noche y esta vez Teodoro miró la función desde atrás de las bambalinas junto con los demás actores del circo.
Se sentía cada vez más cerca de Jazmín, aunque ella no le dirigiera ni una mirada.
Por fin llegó su turno y el presentador le dio paso.
-Con ustedes… ¡Teodoro! Contanos, qué vas a hacer esta noche?-
-Ehhh… un salto mortal!-
La gente hizo una exclamación unánime -Uhhh-
Y Teodoro arrancó con su número confiado de que cuando lo terminara Jazmín se enamoraría de él y su vida sería un poquito más feliz.
Subió uno a uno los escalones del mastil hasta que llegó a lo alto, la tarima de salto estaba a quince metros del suelo.
Teodoro levantó los brazos y con toda la valentía que tenía se lanzó al vacío.
Cuando iba cayendo vio que Jamín lo estaba mirando y le sonrió.
Luego cerró los ojos.
Fue un gran salto mortal.
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